A las grandes metas se llega dando pequeños pasos, eso es algo conocido por la mayoría de los mortales con un mínimo de experiencia vital. Los logros deben ir acompañados de perseverancia y de la capacidad de rodearnos de personas hábiles y bondadosas. Todos poseemos el anhelo de ser apreciados y necesitamos sentirnos importantes, pero hay que ser muy consciente de que para recoger miel no le podemos dar patadas a las colmenas.
La queja es algo inherente a la condición humana, tenemos predisposición a mirar la vida como un proceso injusto, una mirada que solemos realizar únicamente desde nuestra propia perspectiva. En pocas ocasiones satisfacemos el deseo de sentirnos importantes haciendo sentir bien a los demás, se nos olvida, que el interés que mostramos hacia el prójimo lo condiciona la atención que han dirigido previamente hacia nosotros. Sabemos definir injusticia y sin embargo, no queremos utilizar el sacrificio personal como antídoto para frenar ese proceso, quizá, hayamos descubierto el camino de la demagogia.
La sensación de injusticia prolongada puede ser la fábrica de un radical, a mi modo de ver, un radical es un sujeto débil que grita fuerte, alguien que tiene en llamas su mundo interior, quién disfraza sus carencias de dogmas, un ser incompleto que busca completarse, es la violencia como respuesta universal, la visión deformada de la realidad, aquel que se encuentra vacío y huye de sí mismo, el rey de la frustración, el especialista en cobardía, el trauma no sanado, el complejo personificado, un depósito “andante” de odio.
Sabemos que en el mundo habita mucha injusticia, nos podemos topar con ella en cualquier actividad cotidiana, en el trabajo, en la escuela, en la familia o en las numerosas desgracias caprichosas que suceden a diario. Es difícil aceptar determinadas situaciones y asumir ciertos golpes, porque en ocasiones, la injusticia se convierte en crueldad, y la crueldad, genera un mecanismo de respuesta en el ser humano que puede variar sustancialmente de unos casos a otros, los lobos pueden llegar a temer más al hombre que a cualquier otro depredador.
“Si quieres cambiar el mundo empieza a cantar cuando el lodo te llegue al cuello”, es la frase pronunciada por un SEAL (fuerza de operaciones especiales de la Armada de los Estados Unidos). Un alumno, durante la “semana del infierno”, correspondiente al curso formativo que da acceso a esta unidad de élite, estaba al borde de la retirada, tenía frío, estaba mojado y se encontraba en unas condiciones miserables. Ante esta situación, decidió comenzar a entonar una canción que todos los aspirantes conocían, alguno de ellos, ya estaba iniciando el camino para tocar la campana de la rendición, pero de repente, todos los candidatos allí presentes empezaron a cantar con fuerza. Ese día, a pesar de las agotadoras circunstancias, nadie se retiró, el valor demostrado por un soldado ante la adversidad arrastró a todos sus compañeros.
Pienso que de la anécdota anterior se puede extraer un gran aprendizaje, soy plenamente consciente de que finalizar la instrucción SEAL está al alcance de muy pocos seres humanos, aun así, sabemos que la adversidad es una compañera muy habitual durante nuestro viaje y tengo claro que lo que nos hace diferentes es la forma en la que nos enfrentamos a ella, hacer lo correcto ante el dolor, ante el golpe, incluso ante la humillación, es una gran hazaña, es elegir el valor como respuesta y a la dignidad como forma de estar. He conocido a personas de diferentes edades y con distintos oficios que han sufrido duros contratiempos en la vida, sí, la injusticia se cebó con ellos, pero nunca abandonaron sus valores, no renunciaron a su forma de estar en el mundo, no eligieron la destrucción como alternativa, entendieron que el dolor forma parte de la vida. Sufrieron y seguirán sufriendo por esos zarpazos, pero no buscaron a nadie con quien descargar su dolor, no lo transformaron en odio, no se convirtieron en radicales, a pesar de tener motivos para ello.
Vivimos en un mundo polarizado, donde la intransigencia domina nuestras acciones, tenemos la capacidad de sentirnos desgraciados por no poder disponer del teléfono durante unas horas, por trabajar un día festivo, por esperar a ser atendidos en un centro médico, por no haber sido elegido el hombre o la mujer del partido mientras mi compañero no jugó ni un solo minuto y un sinfín de cosas, que realmente, carecerían de importancia si nos hubieran explicado el significado de la palabra valor, la herramienta más efectiva contra la radicalidad que no es apta para un egocéntrico, un narcisista, un mentiroso, un manipulador o un incapaz, un perfil que por desgracia, contemplamos con demasiada frecuencia en mandatarios o personas con grandes responsabilidades, cuyas decisiones le repercuten notablemente a usted y a mí.
Decía Pío Baroja que en España hay siete clases de españoles, los que no saben, los que no quieren saber, los que odian el saber, los que sufren por no saber, los que aparentan que saben, los que triunfan sin saber, y los que viven gracias a que los demás no saben, sí, “dijo que los que viven gracias a que los demás no saben”, les ruego que lean detenidamente la última clase, porque estos últimos, son los que se llaman a sí mismos políticos y a veces hasta intelectuales. Estamos ante el verdadero peligro de nuestra sociedad, son radicales con corbata que se alimentan de la ignorancia ajena, fanáticos de si mismos sin ideologías, capaces de devorar a los que un día les dieron de comer, psicópatas integrados que detectan vulnerabilidades para explotarlas en su propio beneficio, mentirosos patológicos que prescinden del valor como respuesta a la adversidad, son los parásitos que están destrozando el sistema. ¡Despierten y canten por favor!, el lodo nos llega al cuello, es el momento ideal, háganlo por el futuro de sus hijos y eviten que se conviertan en radicales
«El Éxito es intentarlo»
@elcaminoderapeni Raúl Pérez Nieto