Cuando lean el término fumadero, algunos de ustedes se preguntarán a qué me estoy refiriendo exactamente, probablemente pensarán en una zona habilitada para fumar, no van mal encaminados. El lugar sobre el que escribiré a lo largo de este artículo es un fortín que suele tener una apariencia degradante, en el cual, se ejerce la venta de productos tóxicos de manera permanente, sin descanso, un «24 horas» que no precisa de licencia para su funcionamiento y está exento del pago de impuestos.
El fumadero es un centro social distinguido por su actividad ilegal, es un supermercado insalubre donde se comercializan sustancias que atentan contra la salud pública. Normalmente, este búnker inhóspito y mugriento, es custodiado por un ser marginal que es utilizado de una manera cruel, degradante e inhumana por desalmados que obtienen su sustento vital proporcionando pequeñas dosis de veneno a los esclavos de la droga, un veneno que les va impulsando a un ritmo vertiginoso hacia un desenlace fatal, a la vez que va llenando su vidas de penurias y calamidades que contrarrestan con un estilo de vida alejado de la norma. Para alguno de estos adictos, pernoctar en un calabozo podría convertirse en todo un lujo, porque a las tres de la madrugada de una noche de febrero, el frío y el hambre aprietan demasiado, por eso desean habitar el lugar del que la mayoría huye, paradojas de la vida.
Este tipo de locales están en auge, la sociedad de la inteligencia artificial no consigue detener su expansión, son negocios ilícitos que se han situado en diferentes barrios y que actualmente se perciben como algo que forma parte de la cotidianidad del paisaje urbano, generando en los vecinos de la zona afectada una sensación de frustración que les ha obligado a resignarse y a convivir con esta lacra diariamente, algo realmente desagradable. Parece que cualquier empresa situada dentro del marco legal está sometida a más inspecciones y expuesta a más sanciones que las viviendas convertidas en las narco salas de la vergüenza, cuyos regentes, ni siquiera hacen el esfuerzo de ocultar su actividad y suelen exhibir una chulería indecente, se sienten amparados por un sistema tan garantista que garantiza su propia existencia.
Lugar de escondite, destino de taxis, depósito de artículos robados, un perturbador de la calma vecinal por causa del trasiego constante de individuos que han perdido la noción del tiempo debido a que el ritmo de sus vidas dejó de señalarlo un reloj para que fuera marcado por un síndrome que algunos llaman “mono” y otros abstinencia, y que solo consiguen aliviar visitando el dispensario para ponerse delante de la minúscula ventana y depositar los cinco euros conseguidos gracias a la caridad, a la ingenuidad ciudadana o al “palo” que han dado, rogando seguidamente, casi de rodillas, que les vendan una “micra de caballo” con olor a amoniaco que les permita deambular unos minutos más.
El río de hurtos, sirlas y tirones desemboca en el fumadero, es un lugar de hallazgo para la fuerza policial, una ubicación donde se esclarecen diversos crímenes, el punto en el que madres o padres “sobrepasados” encuentran al hijo desaparecido, el sitio donde hay prisa para entrar y existe parsimonia para salir. Estamos ante un habitáculo donde se acumulan deudas porque los “patrones de medio pelo” son seres tramposos que “dejan fiado”, poniendo en un riesgo demasiado elevado al cliente vulnerable, desesperado y necesitado. En ocasiones, los intereses generados por el importe no satisfecho en el momento de la transacción, se traduce en dientes rotos o en tabiques desviados. Ejercer el “matonismo” con el desgraciado es una habilidad muy común entre los capataces de la farlopa, el ejemplo claro de ciudadano cobarde.
Seguidamente, voy a plasmar una serie de circunstancias de la vida real, sin deseo de manipulación alguna, simplemente describiré los paisajes que mis ojos han podido ver a lo largo de una amplia trayectoria, el objetivo es transmitirles hechos reales sin edulcoración, con el fin de que saquen su propias conclusiones. Me he cruzado con demasiada frecuencia con personajes ataviados de oro con una vida laboral en blanco que se expresan mediante un lenguaje deficiente y que circulan sin seguro a las dos de la madrugada con miles de euros en el bolsillo. Parásitos del estado de bienestar que desconocen el significado de las siglas IRPF, porque nunca se les exigió contribución alguna para el mantenimiento de las calles que pisan y a su vez maltratan, y sin embargo, son los reyes del subsidio y los usuarios que más comen de la tarta pública. Transeúntes a los que gusta echarle un órdago al guardia cuando se encuentran a un metro de su guarida y rodeados de camaradas a los que la alarma del reloj no les interrumpirá el sueño a las seis de la mañana, como a usted, para tener que acudir a su lugar de trabajo. Estos no contribuyentes, también están exonerados del pago de sanciones administrativas, el Estado les concede la condición de insolventes a pesar de que los tabiques de sus acogedores hogares se sujetan con billetes en vez de cemento, tienen barra libre para infringir la ley y lo hacen de manera reiterada. Los sujetos descritos suelen ser portadores de armas que no saben manejar y que utilizan para reivindicar un estatus social que han adquirido menospreciando los derechos de sus propias mujeres, retirando de la escuela a sus numerosos descendientes o saturando los servicios sanitarios y sociales en detrimento del contribuyente necesitado, quien que no tiene más remedio que bajar la cabeza y transigir con estos comportamientos incívicos que dificultan su vida, sabe que si alza la voz su integridad física o la de su familia se puede ver comprometida.
En el párrafo anterior he elaborado un perfil que encaja con un Director del fumadero, por desgracia, una figura nociva y bastante común. Habrá quien considere que me he dejado llevar por los prejuicios y que estoy generalizando comportamientos aislados, les aseguro que no es así, de verdad que no, me gustaría que lo pudieran comprobar directamente de manera presencial. Llamar a las cosas por su nombre es un ejercicio de honestidad, aunque a veces el sonido no resulte agradable. No se debe tener miedo en describir situaciones que lastiman a nuestra sociedad y arrinconan al ciudadano solidario y responsable. Todo lo que he relatado en este artículo está contrastado y basado en evidencias, en datos verificables, no necesito inventarme alarmas, únicamente persigo activar conciencias a través de la divulgación de mi propia experiencia.
Las autoridades competentes en la materia deben actuar urgentemente ante esta situación, analizando los escenarios y actuando en consecuencia y con contundencia. Tenemos unos cuerpos policiales que dominan y conocen el terreno, formados y dispuestos a erradicar los castillos contaminantes, abrirán una, dos, tres o las puertas que sean necesarias, se expondrán ante el narco, pero necesitan que el sistema se revise y los avale, que se implanten políticas orientadas a la protección real, al margen del paripés y del rodeo innecesarios, porque frivolizar con la salud pública es una negligencia grave. No quiero ver madres desesperadas buscando a los hijos perdidos por la droga, no quiero que nadie se cruce con sujetos indecentes, bañados de oro, de maldad y de ignorancia y tengan que agachar la cabeza, no quiero ver “yonkis” mendigando y temblando alrededor de los putos fumaderos, y sí quiero, que los gobernantes espabilen y se tomen en serio el daño que produce la droga, les invito a dar un paseo por estos maravillosos entornos durante cualquier madrugada, si aceptan el reto les aconsejaré una buena zona, estoy a su entera disposición, aunque seguro que prefieren quedarse calentitos en la cama construyendo relatos surrealistas.
«El éxito es intentarlo»
@elcaminoderapeni Raúl Pérez Nieto